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LA CIUDAD Y LA POLITICA

 



maximocossio
Principiante

Sep 9, 2004, 1:57 PM

Mensaje #1 de 1 (4397 visitas)
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LA CIUDAD Y LA POLITICA Responder Citando El Mensaje | Responder

LA CIUDAD EUROPEA: ANÁLISIS
Arq. MÁXIMO COSSIO ETCHECOPAR

El crucifijo sobre el lecho matrimonial, que dura toda la vida, un Rolex, un Matisse, una alfombra, la cristalería, esos adornos y esas estatuillas que los antiguos enterraban junto a sus difuntos, y la certeza de algunas eternidades, de la Urbe, del cristianismo, de la necesidad del comunismo, o del propio arte, “exgi momentum aere perennius”: objetivos o convicciones, en los cuales vuelven a poner la esperanza irracional de sobrevivir, irrenunciables sustitutos de la inmortalidad y tenues pantallas para la angustia de la muerte, prenda en la memoria de los vivos de nuestro haber existido.
Esta esperanza de sobrevivir en el recuerdo de las propias acciones (objetos, convicciones) se inscribe en un “corpus” místico colectivo cuya existencia no parece tener ni principio ni fin, sellada en símbolos de cristal en los lares de la “gens”, en la fe la “umma”, en la ritual antropofagia de las tribus salvajes que incorporan materialmente a los difuntos.
En la ciudad europea el sentimiento de la supervivencia se trepa en los muros de la ciudad-la masa de las simples casas construidas para una generación, mezcladas con temas colectivos construidos para la eternidad- testigos de nuestra muerte individual pero también demuestra inmortalidad colectiva.
En otras sociedades los hombres habitan el espacio de su clan, de su tribu, de su familia, a la que pertenecen ante todo. Mientras que el fundamento de la existencia social es en Europa desde hace mil cien años precisamente la pertenencia ante todo a un lugar estable y circunscripto, el ser ciudadano de una ciudad, de la cual pueden emigrar solos-la familia europea es nuclear-buscando la ciudad más acorde con el carácter y espectativa de los que la habitan (de la cual luego serán ciudadanos aún sin haber nacido en ellas) pero nunca libres de no pertenecer a esta o a aquella.
El hábitat traza siempre una encrucijada en el espacio y en el tiempo, pero solo en Europa es la consistencia física de la ciudad la que da cada uno la seguridad de existir: como individuo en nuestra casa o comercio u oficina cada día, reconocibles para los demás, como comunidad estable- aunque formada por un indefinido “turn over” de ciudadanos- en la gama de los temas colectivos (iglesias, teatros, paseos), los mismos en todas las ciudades Europeas.
La ciudad en Europa, es el espacio existente de los ciudadanos, opuesto en su conjunto de lugar habitado a lo no habitado como en todas las otras sociedades, pero solo en la Europea esta entrelazado con los pensamientos y los sentimientos, con una pasión nunca vista en otro lugar: el sitio, el corte, la fachada de la casa son el signo visible del estatus Europeo; la ciudad en su conjunto sitúa el estatus en toda Europa. Paredes de la esperanza individual, una casa mejor en una ciudad mejor, quizás en esa ciudad campo, recurrente en la utopía- género literario intrínseco a Europa- la “garden city” de Moro y de Howard o la gran máquina de Le Corusier. Pero también paredes de la desesperación, atravesadas por el sufrimiento en las cantinas y en los cielorrasos, en los “Slums” y en los guetos, muros contorsionados por el poder alrededor de universos- oficinas y conventos, fábricas o escuelas, hospitales y orfanatos- ritmados por el rigor de los horarios.
Este paisaje de muros resistente y tranquilizador es como el río Heracles, siempre la misma ciudad, pero nunca la misma agua. Cada ciudad o quiere una casa nueva, y quizás una ciudad regenerada, pero su esperanza de inmortalidad es luego una casa duradera en una ciudad estable: una contradicción evidente, pero las sociedades no se distinguen quizás tanto de sus instituciones arquetípicas cuando precisamente de las contradicciones a las que éstas dan lugar, propias, en cambio, de cada uno. En los sueños de los demás, cada ciudadano- aun por su parte siempre frenético por cambiar algo, por mudarse a un rascacielos o a una villa suburbana, por pretender un gran teatro lírico o un inmenso estadio, una calle mas larga o una plaza más decorosa, un parque sin límites donde había callejuelas compactas- ve un peligroso atentado contra la figura reconocible de la ciudad, y todos hacen que el ritmo de la transformación de conjunto mantenga aceptable el estrés de la enajenación, hacen que el correr de las aguas no desnaturalicen el río.
Registran en el recorrido cotidiano, la transformación de un comercio o de una fachada aquí y allá, pero solo después de diez años constatan sorprendidos un cambio de conjunto, que todo conjunto los habría precipitado en la inquietud, como los inquieta una nueva casa demasiado singular o un tema nuevo en un ambiente antiguo.
Para que la ciudad sea percibida como una masa sustancialmente estable, las mutaciones cotidianas de su aspecto físico deben ser apreciables en su conjunto solo después de bastantes generaciones, bizarras curiosidades surgidas en la transparencia de lejanas descripciones.
Cada cosa de la ciudad incorpora una duración social, reconocida por el sentido común, y un cambio que altera la duración de demasiadas cosas, esperada por demasiados ciudadanos- quizás por la mayoría- los precipita en la inquietud. Esta duración social no depende de la consistencia material de su situación en el tiempo subjetivo de cada uno, cuya conciencia mide el arco de la individual vida humana, sino que es compartido socialmente para dar sentido a sus esperanzas de inmortalidad.

EL TIEMPO DE LAS COSAS

El término medida en Europa es usado impropiamente para indicar la relación imaginable entre la estrategia de vuestra vida y su duración prevista: algunas estrategias cubren el arco natural (por ejemplo la familia/amor, a la Luhmann, concluye con una vejez rodeada de nietos) otras lo interrumpen antes (por ejemplo los mártires de la fe o de la libertad), otras en cambio lo sobreviven (los ermitaños para que los que todos los días son iguales), de modo que la longitud de la vida, en términos de años, meses y días, no constituye intrínsecamente un valor, pero la gama de las opciones plausibles se reduce en cada sociedad al hecho de que, sí esta duración no es para todos la misma, se puede comparar con la de los demás: la vida cotidiana necesita ritmos socialmente reconocidos, constituidos no solo por una sucesión abstracta de ambientes (la primavera, el invierno, la noche, el día), y de acciones (las edades de la vida, los momentos del día) pero marcados concretamente por la duración de las cosas, de los animales que mueren o de las casas que caen.
En la ciudad Europea la estrategia individual cubre comúnmente el arco de la vida natural, sobre todo porqué están habituados a pensarla como un campo ilimitado- más tiempo, más todo- y solo la libertad que la permite es un valor mayor, para el que aceptarían morir. En este arco, cada cosa de la ciudad tiene su propia duración esperada, que hace socialmente medibles los ritmos de vidas individuales irremediablemente distintas, y al mismo tiempo vuestro subjetivo sentido del tiempo: en esa sociedad, un comercio dura al menos los años de la sociedad; una casa, todo el ciclo de una familia; una iglesia, varias generaciones y una ciudad durará eternamente (en el sentido que la sociedad europea es impensable sin ciudad).
Y se ve en la ciudad un paisaje sobre el que se asoman los negocios con las insignias de breve, bajo casas dignamente ligadas al tiempo de alguna generación, a menudo en las severas plazas de las intocables catedrales del siglo XIV, todo condensado y compacto, como si las calles que unen las casas materializaran los pactos cívicos que unen a todos.

RETÓRICA DE LA VELOCIDAD

En los últimos 150 años un ritmo de vida mas acelerado ha sugerido el clima de una transformación de época (no solo cuantitativa- la evidente en la dilatación edilicia o en la producción industrial- sino también cualitativa) que otras generaciones tienen antes que la de los de hoy, han inmaginado que vivían; antes de Klee, Vasari; antes de Le Corbusier, Lois-Sébastien Mercier; antes de Keynes, Gioachino da Flore; antes ce los concorde y de la radio, las locomotoras humeantes y el telégrafo.
Pero detrás del “sprawl” edilicio condensado en la retícula metropolitana, donde la velocidad parece haber vuelto a diseñar las antiguas barreras del tiempo y del espacio, reconociendo muy bien en cada cosa la persistencia vigorosa de su tiempo específico, sedimentado a partir del año mil: nuestra casa- la casa del ciudadano- es la condición misma de la vida social y dura toda la vida (las casas de campo son desde has mil años solos un espejo de la casa de la ciudad), mientras que los temas colectivos incorporan el tiempo largo de la “civitas”; y los ciudadanos difícilmente aceptan sus modificaciones radicales.
Es cierto que las mayores ciudades son tan ilimitadas que la conciencia de pertenecer a ellas no tiene verificación simbólica inmediata, ni en su paisaje quebrado, ni en los temas colectivos: las periferias son así, sobre todo, desiertos de sentido. Este vacío de sentido no depende, sin embargo, de la extensión de nuevos asentamientos y de la celeridad de los transportes, sino del salto brusco- puesto también en evidencia por Voltaire en su época- entre el rápido incremento de standard residencial y de la correspondiente lentitud en la difusión de los temas colectivos, entre el rápido construir nuevas casas de esta generación y el lento proceder de los temas colectivos de generación en generación con el ritmo de siempre.
Un salto recurrente que depende, en cuanto concierne a los temas reconocido, del curso cíclico de la propensión, por la esfera privada o por la esfera pública- que la tendencia igualitaria del siglo XX, promoviendo en masa los derechos individuales de ciudadanía (calles, escuelas, hospitales) en perjuicio de los temas simbólicos de la “cívita” ha contribuido a acentuar- los temas nuevos de los largos tiempos de los procesos de tematización social. El reconocimiento colectivo de un nuevo tema comporta mas de un siglo para incorporarle un sentimiento de duración que sobrepase una generación, y por eso nacen solo dos o tres en cada siglo. Simétricamente, su pérdida de sentido dura cientos de años: son procesos que no podemos acelerar, y están ligados a la ignota fantasía estructural de los europeos.
Visto con los ojos de una generación, este salto es desesperante, pero si la inmaginamos animadas por iglesias románticas, municipios góticos, teatros neoclásicos, pequeños parques de estilo parisino, esta periferia sería menos desierta.
Y detrás de la breve duración social de los productos industriales sobre lo que jugamos el ritmo mas veloz de las vidas europeas (el percal, la locomotora, el automóvil, la batidora, la computadora ceden luego de algunos años) el paisaje y el ritmo de las cosas consolidadas siguen siendo los mismos. Es cierto que el mueble de acero parece sugerir una nueva duración, pero de un sofá esperamos que dure, como el crucifijo de Cerdá, lo mismo de una casa. Porqué dentro de una vida puede entrar solo una vida, las enajenaciones soportables siempre se miden con la duración social de esas mismas cosas que desde hace mil cincuenta años se miden en Europa: la propia habitación (sostiene De Maistre y Perec) y por eso, por ejemplo, todos los Hilton y los Sheraton deben ser iguales; los temas colectivos de la ciudad por eso deben ser todos los mismos.

LOS TIEMPOS DE LA POLÍTICA

Los tiempos de las decisiones de los apasionantes temas de la ciudad- centro histórico, estadio, parque teatro- son a menudo más lentos de los que algunos desearían: estos denuncian el grave “retraso”, seguros de la dirección del progreso en una pista jalonada a lo largo de la que cada ciudad se encuentra mas adelante o más atrás.
La noción misma del progreso es bastante problemática, mucho mas lo es su dirección, en términos de condiciones morales o de hechos materiales, tan nítida en cambio para el horizonte de Concorcet o de Marx.
El rechazo que los ciudadanos y reprochan al consejo comunal es solo el nombre que le dan a la dicotomía entre el tiempo- la duración, el ritmo- que ellos le atribuyen a demasiadas cosas, y el tiempo que atribuye la mayoría actual, un tiempo que a su vez varía de ciudad en ciudad según su estilo, expresado durante siglos por la celeridad de sus decisiones sobre los temas colectivos.
Pero ni siquiera la eventualidad de que algún deseo negado hoy sea acogido mañana autoriza hablar de “retraso”, porqué las decisiones públicas son socialmente buenas o malas- sugería Polanyi- sobre todo por el momento en que son tomadas (ya que un excesivo anticipo puede cambiar el sentido actual de aquellas que la sociedad hará suyas luego); y aquellas concernientes a la belleza de la ciudad son justas solo cuando son congruentes con su estilo.
Existe la convicción de que, si no se puede remediar este “retraso” absoluto tan unido al estilo de una ciudad, al menos se puede obviar el retraso correspondiente de las cosas, disponiéndolas en secuencias preestablecidas: la condicional si/si, una conexión de ternas importantes, el plan de acción de un plan estratégico.
Pero esta convicción ignora que la percepción de los tiempos de cada cosa no depende de sus conexiones recíprocas: el retraso en el hacer o en el deshacer aletea en torno al significado que cada cosa va asumiendo o perdiendo.
Del mismo modo incluso, incluso los programas y los planos que pongan de acuerdo en un único diseño cosas distintas- tan de moda en los años del socialismo- ignoran la dimensión temporal de cada cosa, achatándolas en el tiempo propio, como un teleobjetivo achata la profundidad de espacio. Ni el “magister Urbis” es un adivino capaz es un adivino capaz de evocar la forma ‘’forma Urbis’’ en el fin de la historia, que en si- una vez esculpida -, como sugería Patte, en el atrio del palacio municipal- implique la propia realización porque contiene los tiempos de todos.
La diferencia entre la esfera de la política y la individual (del pensar y del sentir) es que la primera debe ser reversible, mientras que la segunda, en su pretensión de ser verdad, es intrínsecamente irreversible, y cada uno está convencido de que la propia idea es la justa: por esto, estos programas y estos planos, espejos del deseo de inmortalizarse en algo eterno, se disuelven en la reversibilidad de la esfera política, donde cada uno quiere en todo momento realizar los propios sueños, nuevos y móviles, en el mismo campo.
La política de la ciudad, es decir sobre las cosas materiales, consiste precisamente, en concreto en la continua transgresión de las decisiones ya tomadas para ponerlas de acuerdo con la duración incorporada en cada una de ellas, a su vez continuamente en tensión entre la voluntad individual de cambio y el deseo social de estabilidad.
Es cierto que la estabilidad morfológica de la ciudad se nutre de continuas informaciones sobre los futuros posibles- los sueños y las idiosincrasias de los ciudadanos- de las que por azar surge (casi siempre en la apropiada forma de una indiscutible emergencia) una catástrofe oportuna, que le asegurará quizás una mayor riqueza de chances, de modo que cada uno puede seguir pretendiendo lo que no podrá tener, debe seguir soñando incluso las cosas imposibles que incorporan tiempos seculares.
Es cierto que e concejo comunal debe promover a su vez un incesante ejercicio a la fantasía sobre las futuras transformaciones de la ciudad, elemento esencial de esta información sobre los futuros posibles, mejor expresado en figuras que no acaten el tiempo ilusionándolos con poder detenerlo, sino que diseñen en cambio, el jardín de los deseos que se bifurcan, figuras que reflejan el levitar de las chances abriéndose como un abanico desde lo simple a lo complejo en vez de encerrase como un embudo desde lo complejo a lo simple, acompañando el crecimiento de la complejidad con el paisaje brumoso de la incertidumbre.
Por otra parte. ¿Porque pretender de la esfera política lo que no puede dar? El concejo comunal no es el dueño de decidir sobre cada tema que se inserte en su orden del día, porque las decisiones que ignoren los tiempos sociales de las cosas quedaran privadas de efecto: sobre todo aquellas expresada en forma imaginadas como sí el mismo concejo fuese un sujeto político, con una propia autónoma personalidad, y con una estrategia capaz de expresar a todas las cosas una duración compartida por todos los ciudadanos, mas que ser el solo lugar de tomar nota del lento cambio del tiempo incorporado en las cosas, en las estrategias de los ciudadanos.
Entonces varía el escenario de una ciudad- un plan estratégico como se dice- poblado de figuras dispuestas sobre horizontes distintos, cada vez mas fuera de foco hasta disolverse en el color azul de la lejanía. En primer plano las nuevas calles, escenario inmediato para las casas del mañana, con sus servicios conectados que no esperamos que une más de una generación. (Mercados, escuelas, hospitales). En segundo lugar, las calles que le quitan sentido a las casas habitadas (las demoliciones de todo tipo) y a la esperanza de casas (los espacios verdes hoy de moda). Luego los tiempos de larga duración (municipio, teatro, parque, estadio, centro histórico) sobre los que varias generaciones decidirán, y entonces cambiaran de forma varias veces. Sobre el fondo, finalmente, las modificaciones a los símbolos consolidados de la eternidad (la fachada de la catedral, la plaza municipal, el ‘’gazebo” del parque que provocarán en muchos ciudadanos un raptus de angustia quejumbrosa.
Cuando mas lejano es el horizonte del tiempo, mas ambiguas y contradictorias serán las figuras que diseñaré, pareciéndome que el poeta de la ciudad debe sobre todo evocar esos lugares vacíos en el escenario visible de la ciudad, en torno a los cuales puedan mágicamente florecer los sueños de los ciudadanos.
Lamentablemente es muy poco lo que puedo escribir de las ciudades Argentinas, sería vergonzoso, pero me pregunto si lo hago: puede ser bueno al menos para que dejemos de ser analfabetos: siendo así somos bárbaros y soberbios.
Tenemos que aprender de nuestras ciudades, de su historia, la capacidad de soporte de una generación, que obviamente pasa a otra generación. El reflejo de lo que somos lo vemos en el espejo de nuestras ciudades.
El político no está capacitado, el profesional es bufón del político, la universidad, gran parte de sus miembros buscan curriculum, pero no están capacitados: claro no están las excelencias que las generaciones anteriores con orgullo obstetaban y trasmitieron, a los que hoy no comprendieron el mensaje, se olvidaron de la universidad, simplemente buscan la figuración, pero se disuelve en los pies de barro de cada idiota que pretende ser o que jamás podrá ser.
Estamos esperando al Mesías, para que nos salve, pero no creemos en Él, ensuciamos las aguas del cántaro y no nos damos cuenta que nos purifica, decimos que somos progresistas y somos retracistas.
Nos vanagloriamos de la nada, porque no somos nada. Decimos que no tenemos presupuesto, mostrando que no sabemos manejar el dinero, decimos que somos del primer mundo, y, no sabemos como definirlo.
Somos cobardes pero no queremos reconocerlo, porqué no sabemos nada, ni siquiera que es el conocimiento.
Hablamos de la pobreza, pero nos preguntemos quien es mas pobre el que está en carencia de las cosas materiales, o nosotros que somos los peores de los pobres porque somos pobres de espíritu.
Los municipios cúmulo de chismografía en detrenimiento del pueblo que ya está cansado de esperar.
Nos quejamos que nos pagan poco, pero no decimos que somos vagos incoherentes, y nos apasiona la burocracia, odiamos al inteligente y buscamos la forma de destruirlo, y no nos damos cuenta que el no está marcando la luz del camino.
Nos fijamos que hace el otro pero no nos fijamos que hace cada uno. Eso se llama incapacidad.
Nos quejamos del país, el no tiene la culpa si está así parque eso es lo que queremos, porque no somos capaces de defenderlo porque nos da vergüenza.
Los políticos atacan a los profesionales inteligentes de la administración pública, porqué se dan cuenta con solo hacerlo que reconocen que no pueden ocupar un cargo, la historia desde el año 1982 lo demostró.
Tenemos las grandes ideas, vivimos en una torre de Babel, no logramos entendernos, porque simplemente no queremos, y observemos a la pobre argentina.

PENSAMIENTO

Arquitecto Máximo Cossio: Si en una encuesta de los telenoticieros me preguntaran cuál es la sentencia mas representativa de este siglo, respondería sin lugar a dudas, los monumentos existentes componen un orden ideal que se modifica cuando se le introduce una nueva obra de arte. El orden existente esta concluido en si antes que llegue la obra nueva; pero luego de que esta apareció si el orden debe seguir subsistiendo, todo debe ser modificado, aunque sea poquísimo. Al mismo tiempo todas las relaciones, todas las proporciones, los valores de cada obra de arte encuentran un nuevo equilibrio; y esta coherencia entre lo antiguo y lo nuevo. Y agregaría enseguida la relación de tal elección: porque aun formulada en une época de una profunda crisis, que estamos viviendo en los albores del 2000, la misma garantiza a la cultura, el arte y a la arquitectura occidental la idea de la recomposición coherente de los fragmentos discontinuos en el espacio y en el tiempo. Y, de vez en vez, el medio de la reunificación está dado por una obra. El articulado ‘’una” parece designar la cantidad mínima necesaria y suficiente.
Basta una sola obra, siempre que resulte verdaderamente nueva. Nueva, no tanto en cuanto al tiempo, sino en cuanto a la inteligencia crítica, al valor creativo, al significado sintético.
Al considerar la arquitectura Argentina, las ciudades construidas entre los siglos XVII, XVIII Y XIX, noto enseguida la existencia de una serie desordenada de monumentos, realizadas por el humanismo, no porque ellos fueran malos o desconocían el orden, sino porque se desordenan en las ciudades argentinas marcadas por la incoherencia, donde ni siquiera yace una neurosis geométrica, y la vamos a agregar discreta. De la ciudad de Tucumán que podemos decir.
Cuando en nuestro país este orden comience a funcionar como telar para la compaginación edilicia, así virtualmente el correspondiente ambiente urbano triunfa, imaginado sobre el fondo de las sombras de la historia.
Luego la tradición arquitectónica Argentina se regeneraría, pero para ello necesitamos arquitectos, manieristas y transgresores, pero por sobre todo con mucha audacia. Mas tarde ya se limita a mantenerse así misma. Existe, sobrevive. Sin embargo, son reiteradas las tentativas y los exorcismos para sacarla de sueño letárgico, pero todo fracasa.


Arquitecto Máximo Cossio Etchecopar








































 
 


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